|
|
 |
 |
El término guanche
con el que hoy se conoce a los aborígenes del Archipiélago
canario pertenece en realidad a los pobladores de Tenerife,
que en el momento de la conquista eran alrededor de 15.000.
Tenían la Isla dividida en nueve demarcaciones,
cada una con su jefe o mencey. Tenerife es la última
isla canaria que se conquista para los Reyes Católicos.
Encargada la empresa a Alonso Fernández de Lugo,
la historia tiene dos capítulos. |
|
 |
| La primera vez
que las tropas llegan en 1494 sufren una derrota espectacular
en La Matanza y se retiran. Un año después, Fernández
de Lugo regresa con un nuevo ejército capaz, esta vez,
de doblegar a los guanches. |
 |
| La colonización se
realiza merced a una sociedad abierta compuesta por castellanos,
principalmente, pero también por portugueses e
italianos, a los que el Adelantado reparte tierras.
La caña de azúcar fue el único
cultivo implantado con intención exportadora
que, a mediados del XVI, poco a poco iría cediendo
espacio y peso al vino, al famoso malvasía, de
forma que el comercio -dirigido hacia Europa, las colonias
portuguesas y las Indias españolas- se convirtió
en la pieza clave de la economía insular. Este
esplendor, sin embargo, comienza a decaer en las últimas
décadas del siglo XVII, y en la tercera decena
del XVIII es ya irreversible. |
 |
La emigración a América
se convierte así en una de las soluciones más
utilizadas por la población tanto durante este
periodo como en los venideros. Son tinerfeños los
fundadores de Montevideo (Uruguay), San Antonio de Texas
y San Bernardo (Luisiana, EEUU).
Los comienzos del siglo ilustrado no son mejores para
la Isla: se repiten las malas cosechas, los terremotos,
se registran erupciones volcánicas y las invasiones
piráticas como las de los ingleses Jennings y Nelson
en 1706 y 1797 respectivamente. |
 |
La cultura
dieciochesca representa una etapa de esplendor. Destacan
figuras como Cristóbal del Hoyo, Tomás Iriarte
o el polígrafo José de Viera y Clavijo y
ven la luz las primeras publicaciones del Archipiélago.
Políticamente el centro de gravedad se va desplazando,
junto con la vida mercantil, desde La Laguna al puerto
de Santa Cruz, que se convierte en Ayuntamiento en 1803.
Más adelante, en el sexenio 1817-1823, La Laguna
pasa a ser sede de la diócesis nivariense y de
la Universidad de San Fernando mientras que Santa Cruz
de Tenerife se erige en centro del Archipiélago
al fijarse allí la capitanía general y
la capital de la recién creada provincia de Canarias.
El pleito insular con Gran Canaria surge entonces.
Ese enfrentamiento por la designación de la capital
canaria no acabaría hasta la promulgación
del Estatuto de Autonomía de Canarias en 1982,
que determinó la doble capitalidad. Ni siquiera
la aprobación en 1927 de la división provincial
puso fin a los piques entre una y otra isla.
A pesar de todo, el pleito revitalizó la vida
política de Tenerife y, con ella, la cultural
y sindical. Se modernizó social y económicamente
gracias al modelo puertofranquista y a la influencia
británica. También a finales del XIX se
inició el cultivo del plátano, que se
convirtió, de inmediato, en la principal producción
agraria del Archipiélago.
El predominio británico en la Isla pone los
cimientos de una temprana actividad turística.
No en vano, el Cabildo constituye en 1921 la Junta Insular
de Turismo. Sin embargo, la industria turística
se iniciaría realmente, como en el resto de Canarias,
en la década de los 60. Hoy es el motor económico
de Tenerife. |
 |
| Políticamente,
tras el paréntesis que supuso en todo el país
la Guerra Civil y la situación derivada de ella,
Tenerife logró colocarse en un primer plano con
la constitución en Las Cañadas del Teide
en 1978 de la Junta de Canarias. Asimismo, después
de la aprobación del Estatuto de Autonomía
de Canarias, Santa Cruz de Tenerife se convierte en sede
de la Cámara Legislativa regional y comparte capitalidad
con Las Palmas de Gran Canaria. |
|
|